Gustar y ofender
El jueves pasado y con entradas agotadas, el dúo dio el puntapié inicial del Free Spirits World Tour en un show compacto y frenético que dio cuenta de toda su historia en 90 minutos.
Escrito por María Zentner
Escrito por María Zentner


La parábola que recorrieron Ca7riel y Paco Amoroso desde marzo de 2024 hasta hoy fue, en resumen, la siguiente: edición de Baño María, su primer disco juntos tras años de colaboraciones, singles, EPs y coqueteo con sus carreras solistas, y la sonada pre escucha del álbum en Lollapalooza; el salto a la fama mundial a partir de su participación en el Tiny Desk; el lanzamiento de PAPOTA –el EP y la película dirigida por Martín Piroyansky–; Jimmy Fallon, Coachella y Glastonbury; los premios Latin Grammy, Grammy, la adoración de la industria musical internacional y la consagración para público ATP; el anuncio y la cancelación de un disco a finales de 2025; la sorpresiva aparición de FREE SPIRITS: Sting, Jack Black, los joggings gris claritos y la estética new age.
La historia de estos dos es conocida: promediaba la segunda mitad de la década pasada cuando se cansaron de cargar equipos e instrumentos y, a caballo de la revolución trap que parecía venir a comerse todo y a todos, abandonaron las bandas de rock progresivo que integraban y decidieron ponerse a juguetear ellos también con las computadoras y todo su universo de posibilidades. Finalmente, dieron forma al dúo que se erigió como una versión 3.0 de los Illya Kuryaki, menos deformes y más arrogantes, siempre dejando bien bien claro que eso que hacían lo hacían por la plata y burlándose un poco por demás del gusto de aquellos que, genuinamente, seguían a artistas del género que ganaba cada vez más terreno entre los pibas y pibes: una encarnación extrema de autoironía, siempre mirándose un poco desde afuera, con un gesto de reprobación permanente, esa media sonrisa torcida porque, claro, ellos son músicos de verdad y esto que hacían era más un experimento que la consecución de sus voluntades artísticas.
Traccionados por ese sentido del humor sarcástico llegaron hasta el show en la NPR, que los obligó a versionar sus temas con músicos que tocaran sus instrumentos en vivo, y pudieron darse el baño de prestigio que tanto esperaron. Pero la mirada (auto)crítica es constante para Guerriero & Guerreiro. Y en vez de sentarse a disfrutar de las mieles de ese reconocimiento, salieron a reírse (una vez más y van…) de la industria y sus manejos. PAPOTA fue la traducción cáustica del fastidio que les inspiraron aquellos mecanismos que, paradójicamente, fueron los que los elevaron hasta la cima. Porque evidentemente, para ellos la cima está en otro lado. Pero la money es la money. Así que siguieron interpretando esos personajes que, cuanto más corrosivos se mostraban, más éxito parecían propiciarles.
Y entonces llegó FREE SPIRITS, que vino a reemplazar al anunciado y luego dado de baja Top of The Hills, en una estrategia de marketing que de tan quirúrgica se sintió algo desinflada. La sorpresa esta vez fue menos explosiva porque el shock, por remanido, dura cada vez menos. Los muchachitos pícaros cayeron en las garras de su propio juego.

Dos referencias: Andrés Calamaro alguna vez dijo que el rock es gustar y ofender.
En la campaña presidencial para su primer mandato, en 1989, Carlos Saúl Menem tenía un spot en el que pedía que lo votaran “por los chicos ricos que tienen tristeza”.
El presente de Paco y Ca7riel se puede leer como un mix de esos dos conceptos: cuanto más ofenden, más gustan, pero a ellos el éxito, la fama y el dinero no les traen otra cosa más que sufrimiento.
Con todo este bagaje a cuestas fue que arribaron el jueves pasado al Movistar Arena, la primera escala del Free Spirits World Tour. Con esa propuesta clean que se lleva adelante a instancias del Free Spirits Wellness Center, la clínica de rehabilitación que presentó Sting en el video de difusión del primer corte del disco y que sería el marco de toda la parafernalia de promoción de este álbum que gira en torno a una supuesta reconversión.

Dos camillas de hospital que son reposeras y son divanes y son sillones de salón de estética y spa. En esos dos objetos, instalados en el centro del escenario, se condensa la narrativa del show. Los músicos que acompañan al dúo están apostados a los costados de la escena y, al fondo, como si se tratara de esos viejos teatros de operaciones desde los que un público de alumnos y residentes observan las artes del maestro, unas gradas repletas de ¿pacientes? ¿enfermeros? que arengan desde sus cubículos.
“Un programa de recuperación de los espíritus en 90 minutos”. Desde los parlantes y en castellano, Sting anuncia el comienzo de esta terapia de varios pasos que conducirán a la liberación total. Ca7riel y Paco aparecen tumbados en las camillas, escoltados por una enfermera retrofuturista, vestidos de Versace, con la estética residual de PAPOTA, listos para someterse al tratamiento.
El primer bloque, desde el punto de vista terapéutico, será el dedicado al físico, pero las canciones elegidas dan cuenta de una puesta en común de las angustias que impulsaron la internación: “No me sirve más” es un himno a la insaciabilidad que opera también como leit motiv de la historia que vienen a contar: la de su ¿redención? Las vibras hindúes (con coreografía incluida) y esa retórica tan posmo que transmite “Nadie inventa nada nuevo” refuerzan el sentido de hastío que impregna FREE SPIRITS. “Ay ay ay”, con ese ritmo latino de factoría Arcaute/Vindver intervenido en la producción por nada más ni nada menos que Anderson .Paak, los pone a revolear las toallas. Los “obá obá obá” de aire brasileño hacen contrapunto con la letra de “Muero” y la puesta gimnástica, con los dos cantando al mismo tiempo mientras hacen battle ropes en la pasarela que se incrusta entre el público del campo. Paco interpreta la bachatita “Mi diosa” tumbado en cueros sobre la camilla/reposera, mientras la enfermera le coloca electrodos en el pecho y una vía de suero en el brazo.
El segundo bloque está dedicado al espíritu. Los músicos vuelven al escenario, ya ataviados con sus chándales claritos. Ca7riel tiene colgada la guitarra para “Hasta Jesús tuvo un mal día”, ese rockpop de autoayuda que sirvió como carta de presentación de esta nueva etapa del grupo. “Soy increíble” y su instantánea de la soledad de la fama dejó todo servido para “Vida loca”, una suerte de r&b desprejuiciado y sarcástico: “Para curarme de esta locura, voy a hacerme religioso (Como Juanse)/Y ahora me siento como Avicii, qué malo que es ser famoso/Ya quisiera ser un hippie y que mе pegue bien еl porro”, se queja Paco mientras Ca7riel tira unas notas en la viola sentado con las piernas colgando de la tarima. “Mi colágeno se fue, una cana me encontré/¿Cuándo fue que me arrugué?”, se pregunta ahora Amoroso en “Goo Goo Ga Ga”. La respuesta llega desde PAPOTA, con “Impostor”.

Entonces los dos se retiran hacia el fondo del escenario, ocupado por ese grupo de personas en bata blanca, que incluye figuras desde Walas de Massacre hasta Esmeralda Mitre, pasando por Anita B Queen, Coti Sorokin, Chita y Juliana Gattas, para hacer “Re forros” y “Día del amigo”. Un momento algo desangelado, porque no se entiende muy bien qué hace esa gente ahí. ¿Una casita como la de Bad Bunny, pero de locos? La sensación que da es que la idea era hacer algo que aportara frescura, improvisación, y lo que resultó fue una secuencia extrañada y hasta por momentos incómoda, displicente.
“La verdad es que el exterior es lo único que le llega al otro”, anuncia Sting y da comienzo al tercer bloque, en el que las tumbonas que ya fueron de piscinas de hotel cinco estrellas, de estudios médicos y de psicoanalistas, ahora son los sillones de una esteticien que les aplica productos de skin care. Bailable, funky y latina, “Dumbai” es un ejemplo de producción musical perfecta. Las voces de Paco y Cato se desenvuelven en una armonía tan dulce como fuera de contexto en “Baby Gangsta” y anuncian otro prodigio de sofisticación en los arreglos de “A mí no”. Ca7riel en su salsa funkea la guitarra como poseído por Prince en “Bad Bitch”. “Todo Ray” es una bella evocación a los IKV tardíos. “El único” arranca siempre una sonrisa y deja todo en el punto exacto para la explosión compacta de “La que puede, puede”, que gravita en el hard rock de Flying V de “Todo el día”, para terminar burbujeante en los efluvios de Palito Ortega que flotan en “Ha ha”.
La terapia se termina. El escenario se tiñe de rojo. Unos cantos gregorianos introducen al techno más podrido de “Lo quiero ya!”. La pasarela se llena de esos mismos que observaban desde el fondo, que ahora saltan, bailan y agitan los teléfonos en una danza maquinal. “Quiero paz espiritual, quiero un palco en el mundial/Quiero un Ferrari rojo y otro exactamente igual”, rapean en una vuelta al motivo central del inicio de este recorrido: la imposibilidad de saciedad. Y entonces llega el final raver con el medley de esos temas de los comienzos del dúo, cuando todavía eran dos pibitos irreverentes que jugueteaban con una estética que les era ajena, a la que desdeñaban pero no tuvieron drama en servirse de ella, cuando no tenían toda la papota que amasaron burlándose de una industria que no tiene problema en ser el foco de ese escarnio porque show me the money.

El house oscuro de “Beto’s Horns” lo cubre todo, con la aspereza de una frazada que pasó mucho tiempo en el fondo del placard. La letra funciona como un anticipo de lo que está por ocurrir: “Me caí en el medio de la coreo, el stage directo al sanatorio”, cantan mientras se meten entre el público y hacen mosh. “¡Ámennos, hijos de puta!”, arenga Ca7riel de manera tan digitada como todo el resto de lo que acaba de ocurrir, cuando se cumplen noventa minutos exactos desde el inicio del show, justito antes de que la voz en los parlantes indique “Felicitaciones. Ya son espíritus libres. Por favor. Salgan ordenadamente”.
Ver a Ca7riel y Paco Amoroso sobre el escenario es como presenciar el encuentro entre Adonis y Dionisio. Dos deidades humanas, judokas de la incomodidad, profesionales del artificio revelado. Cada paso que dan es como si se tratara de una matrioshka que van desvistiendo para encontrarse de nuevo con una muñeca de plástico. Es extraño el efecto que provocan. Porque hay algo que de tan artificial es genuino y al mismo tiempo, de tan evidente la intención de mostrar los hilos resulta artificial. Es como si se la pasaran gritando que el emperador está desnudo, ¡pero ellos mismos son el emperador!
Esa manera sobregirada de relacionarse con su artisticidad y los caminos que les deparó su carrera se fue volviendo demasiado manifiesta. El show en el Movistar Arena fue como un recorrido milimétricamente planificado y en cámara rápida por todas las estaciones de su autoconciencia. La sensación que queda es que en la ficción que armaron para promocionarse quedó desdibujada su identidad. O quizás su identidad es esa. Ahora queda esperar para ver cuál será su próxima gracia.
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