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Juana Molina en el Konex

Como encendida

La artista repasó temas de su último álbum, Doga, además de recorrer su discografía en un show de casi dos horas de música tan indefinible como atrapante.

Escrito por María Zentner

Foto: Nadia Guzmán

Es como espiar desde el marco de la puerta del cuarto a una nena cuando juega sola. La seriedad, el ensimismamiento. Eso que pasa ahí es lo más importante, lo más profundo y esencial de su mundo. Cada juguete, cada movimiento, las historias que surgen, el conflicto, la contingencia. La niña canturrea, su voz es finita pero firme. Inventa canciones en idiomas también inventados.

El impulso artístico de Juana Molina tiene esas mismas características.

Concentrada, obsesiva. Cada instrumento nuevo es un nuevo juguete. Lo investiga, lo analiza, lo exprime, lo desarma, lo vuelve a armar, lo pone a interactuar con los otros más viejos. Cada sonido que descubre es una vida que nace, crece, madura y muere dentro del universo que configura una canción.

Doga, su último disco y el primero en ocho años, son 55 minutos de música que surgen de horas y horas y horas de improvisación, de ejercicio plástico del sonido: el resultado de la acumulación, primero, y el desentrañado, después. Una exploración inmersiva en las profundidades de ese entorno cavernoso, húmedo, latente y por momentos oxidado que Molina le creó a sus canciones. Un álbum expansivo y minucioso que pareciera estar tomando al mismo tiempo las imágenes de un telescopio y de un microscopio.

Sonidos orgánicos que se mezclan con otros que no existen en la naturaleza, esculpidos a fuerza de sintetizador, transformación, efectos y repetición. Un bosque de hongos que se convierte en un paisaje alienígena tan paulatinamente que es casi imposible dar cuenta de cómo cuándo por qué ocurrió. El paseo se transforma en cada capa que se agrega o se anula. Que se amplifica, se deforma o se mutea. “La paradoja del tiempo que se detiene/No se detiene sino que pasa volando”, canta Juana en “Paradoja” en una parábola de lo que es su música: la deconstrucción de una molécula de tiempo escudriñada, investigada, observada desde todos sus costados y en todos sus detalles, modificada, multiplicada, ensanchada.  

Folk extraterrestre. Una música sin tiempo pero del tiempo. Una música donde no existe el sentimiento melancólico. Con esa pulsión del aquí y ahora, un presente volátil y al mismo tiempo tan imposible de evitar. Doga es una selección entre un mar de ruidos, sonidos, ensayos, pruebas y errores. Una instantánea que concentra todo ese infinito. Una obra pulida, brillante en su opacidad. Un puñado de canciones que están vivas, tienen personalidad, carácter, humor y que con ese ímpetu llegaron el miércoles pasado al Konex.

“Uno es árbol”, el tema que abre el disco, fue también el primero de este show, con su beat crocante mezclado con sonidos metálicos, ocres, y el bajo que golpea hondo contra el pecho. La voz de Juana se amplifica como desde un no lugar, con el hallazgo que fue para ella y su performance cambiar el mic de pie por uno inalámbrico de vincha –casi invisible– que, sumado a su forma de cantar tan poco gestual, le agrega un velo de extrañamiento a la propuesta: esa voz que sale de ella y también de la loopera, que se deforma con efectos y se vuelve un sonido más de la multitud que dispara desde su set. Con expresión seria, seriísima. Porque este juego que se está jugando es la cosa más seria del mundo. “Uno es árbol dormido del desárbol”, canta en esa lengua inventada. El idioma Molina.

“Cara de espejo” avanza como una persecución, una búsqueda, un interrogante. Sonidos que vienen del espacio exterior, una radio que transmite desde la nada. "Una no sabe qué va a verse en el espejo/Pone la cara que espera ver en el reflejo" y de repente la rave está invadida por todas las Juanas que se agolpan en esa imagen.

Los sonidos se astillan sobre la canción, un grave sintetizado se mueve como un gusano. La voz se integra al remolino: “Un día me olvidarás/un día te olvidaré/y nunca nunca será/lo que alguna vez fue”, ese malambito del desamor que es “Estalactica” se rompe en mil pedazos, estalla en cada golpe de la batería de Diego López de Arcaute. Las capas de sonido en “Paraguaya” caen como telones, una sobre otra. Las ¿notas? del teclado se tensan en un elástico tirante, hasta que entra la guitarra como si viniera de otro plano de la existencia: las cuerdas diáfanas, sin efectos. Las voces son una esponja, un colchón. Un lugar mullido donde caer.

Cada canción de Juana Molina configura un universo nuevo y el público asiste a su creación minuto a minuto. El beat acuoso, frenético y al ras del suelo de “La paradoja” escapa hacia el interior de algo que no conocemos. Los sonidos entran y salen como personajes de una obra de teatro. Un chelo venido directamente de Marte indica el comienzo de “Siestas ahí”, con un ritmo que recuerda al candombe uruguayo que se mezcla con sonidos que parecen los de las estrellas cuando dejan de existir. “Wed 21” aparece como otro eco de la orilla de enfrente, que se interrumpe con un riffito de guitarra casi heavy metal que queda loopeado y se integra al resto como si no existieran límites para nada ni para nadie.

Foto: Nadia Guzmán

Programado originalmente en el patio, el mal tiempo hizo que el recital se trasladara a la sala cubierta del Konex. El entorno, en ese sentido, jugó como un instrumento más. En ese marco, las canciones se comportaron de otra manera. La cosa mántrica, casi chamánica, de meditación, que impone un show de Juana Molina al aire libre se perdió al amparo de ese techo bajo y ese ambiente intoxicado de columnas y humo y oscuridad, que transformaron la experiencia de ritual colectivo en noche abismada en un antro en Berlín.

El contrapunto de la batería y los sonidos que arroja Juana desde su trinchera se vuelven más inquietantes y raveros en “Ay, no se ofendan”. La mitología moliniana llega en onda expansiva desde el beat, a la vez que introspectiva en el audio. Es una atmósfera de after podrido en algún planeta todavía por descubrir. El aire se tiñe de suspenso con “Indignan a un zorzal”, mientras sobre el telón del fondo se proyectan las figuras de ellos mismos como espectros.

“Caravanas” transporta a la China ancestral. La voz que canta la voz que calla la voz que repite la voz que se escapa. La voz más cerca más lejos. Los sonidos que caen y se amontonan como gotas como flores de cerezo. Es un viaje inesperado. La oscuridad latente en el aire de chacarera de "Desinhumano" explota en el riff casi sincopado de la guitarra. “Sin guía, no” se presenta como lo más parecido a un tema pop, pero siempre termina siendo otra cosa.

Una Molina que evoca a Brian Eno en sus épocas de Roxy Music se encarama al teclado para brindar la versión más acalorada de “Cosoco” que descoloca en el ritmo de 7x4 y esa propensión por ir siempre a los lugares más inesperados o inexplorados de la música.

“Un día voy a ser otra distinta/Voy a hacer cosas que no hice jamás/No va a importarme lo que otros me digan/Ni va a importarme si resultará (...) Voy a cantar las canciones sin letra/Y cada uno podrá imaginar”, murmura-dice-canta-grita Juana en las dos facetas de “Un día” –el huayno electrónico original de 2008 y la punk de 2020–, y amaga con terminar el show. El final llega con “Miro todo” que se debate entre el espíritu de meditación zen y el rock más pesado: la retórica de Molina permite la convivencia de todos los géneros.

Dulce, distante, rabiosa, tímida, reflexiva, relajada. Juana Molina es capaz de atravesar todos esos estados de ánimo en menos de dos horas. Porque se mueve en un tablero que tiene sus propias reglas, con un paisaje hecho de canciones y sonidos y silencios que solamente ella puede invocar y que cada tanto comparte con otros, como cuando esa nena se da cuenta de que la estás espiando desde el marco de la puerta. Y te invita a jugar.