A los jóvenes de ayer
En su tercera fecha agotada en el estadio de Villa Crespo, el proyecto liderado por David Lebón y Pedro Aznar ofreció un rescate emotivo de esas canciones que marcaron a una generación y que hoy son clásicos atemporales.
Escrito por María Zentner
Escrito por María Zentner


La pantalla del fondo del escenario muestra un círculo color fucsia apagado, sobre el que se imprimen unas gotas de lluvia que pegan sobre una superficie transparente. La imagen melancólica acompaña los primeros acordes. Hace falta uno solo para erizar los pelitos del brazo. Esta canción está en el ADN de todas las personas que escuchan en un silencio que solamente se corta con ese punteo de guitarra escuchado ya mil veces. Y entonces, los versos que susurran, suplicantes, amorosos: “Quiero ver, quiero entrar/Nena, nadie te va a hacer mal/Excepto amarte”. Empieza cantando Lebón, pero inmediatamente se vuelve una voz que es un coro de más de diez mil personas.
Serú Girán existió desde 1978 hasta 1982. Parece mentira que en esos años pudiera surgir algo de belleza, pero pasó. En el 78, Charly García y David Lebón se fueron a Buzios a probar, a ver qué salía. Compusieron un montón de canciones. Llamaron a Oscar Moro (a esta altura, estamos hablando de la creme de la creme de los pioneros del rock argentino: entre los tres, reunían antecedentes de Sui Géneris, Pescado Rabioso, Pappo’s Blues y ¡Los Gatos!) y a Pedro Aznar, un jovenzuelo que, con sólo 19 años, ya había formado parte del grupo Alas. Con esta formación, grabaron cuatro discos esenciales del canon de la música popular del país. Serú Girán fue un espacio de libertad en el seno mismo de los años más infames de la Argentina. Por eso, sus canciones se escuchan siempre como una herida abierta. Porque traen con ellas el recuerdo, la memoria, el dolor y también el alivio.
Tuvieron una reunión en 1992, grabaron un disco y dieron unos shows, recordados por lo caóticos, en el estadio de River Plate: Charly ya se estaba saynomorizando y fue muy difícil el desarrollo de esos conciertos para los otros músicos, que surfearon el estado de (des)gracia de García lo mejor que pudieron. David y Pedro continuaron con sus carreras en solitario. Charly continuó su carrera hacia la muerte, afortunadamente frustrada porque tiene un Dios aparte. El 11 de julio de 2006, Oscar Moro falleció.
En 1984, cuando Charly salió a dar notas por la edición de su tercer álbum solista, explicó que había imaginado ese Piano bar como el lugar al que los rockeros irían a juntarse dentro de veinte, treinta años. Un poco más picante, durante la extensa coda que quedó registrada en el demo de “Total interferencia”, se lo escucha divagar a propósito de varios aspectos que confluyen en el disco, y por ahí tira algo sobre juntarse con el hijo de Silvio Soldán a fumar con los “grandes valores del rock”. García no tenía todavía 35 años, pero ¡ah! su pobre antena: siempre lo vio todo antes que nadie, o más claramente que nadie.
Desde hace unos años, hay varios proyectos que evocan la obra de Charly García, comandados por músicos que formaron parte de sus bandas: “Beats Modernos” es una suerte de Fundamentalistas sin ungir, con Fernando Samalea, Rosario Ortega y el Zorrito Von Quintiero a la cabeza, que tocan sus grandes éxitos de todos los tiempos con cantantes que van pasándose el mic aunque, en realidad, en esos shows el que canta es el público. “Los instrumentales de Charly" es otro proyecto que viene de la mano de Samalea, en este caso junto a Fernando Kabusacki y un grupo de músicos que recorren el repertorio menos visitado de García. José Luis Fernández (integrante original del grupo) y Juanito Moro (hijo del baterista) impulsaron “La Máquina de Hacer Pájaros x FMSV". En todos los casos, se trata de artistas que compartieron escenario con Charly, y la forma de abordar los temas es respetando siempre al máximo las composiciones, tonalidades y arreglos originales.

En este marco, resalta la propuesta de Pedro Aznar y David Lebón de revivir las canciones de Serú Girán que, en definitiva, son sus canciones. El show que estrenaron el 19 y 21 de junio en el Movistar Arena tuvo su tercera fecha en Buenos Aires el viernes 10 de julio y otras programadas en agosto (9 y 22) y septiembre (12). Se trata de un viaje a través de esas músicas fundantes para una generación diezmada, que hoy mira el futuro con algo de temor o desconfianza. Aznar y Lebón juntaron una banda de notables (Federico Arreseygor en teclados y voces, Fermín Ferraris en teclados ¡hacen falta dos personas para tratar de reemplazar a Charly!, Fernando Cosenza en guitarras y Matías Sabagh en batería) para intentar llevar a buen puerto el desafío de invocar esos temas sin la figura más sobresaliente del cuarteto. Y lo logran. Porque ellos son unos músicos espectaculares. Porque esas canciones son incorruptibles. Y porque el abordaje que plantean es de una solidez (¡y una dulzura!) sorprendente.
Las luces se apagaron poco después de las 21 y la pantalla central del escenario del microestadio de Villa Crespo mostró unas olas color sepia, un guiño a esas playas brasileñas que vieron nacer al grupo, pero también un indicio del tono nostálgico que tendrían las dos horas que quedaban por delante. Porque quien diga que el Serú de Pedro y David no es un masajeo a la nostalgia miente: todo en este concierto está puesto en función de traer al presente un tiempo que pasó. No debería ser un problema decirlo. Las canciones suenan todo lo más parecidas a los discos posible, no hay una actualización (¡¡¡menos mal!!!), las visuales parecen tomadas de un álbum de fotos de aquéllos que nos mostraban las abuelas, no hay una mirada hacia el futuro. Es un mimo, una vuelta al útero musical, una caricia a esos jóvenes que alguna vez fueron las personas que escucharon con lágrimas en los ojos y con la emoción tirante en la superficie del cuerpo, porque eso también es la música: una herramienta, un viaje, una amiga, tu peor pesadilla.
“Qué estamos esperando para recibir amor/Yo comprendo tu llanto, la vida y el dolor”, cantaron Lebón y Aznar solos, acompañados por sus acústicas, y esos versos como el eco de algo que viene de muy lejos y que quedó flotando: “Con los ojos cerrados, me ves mejor”. El playback de la intro “La grasa de las capitales” sonó mientras los demás músicos tomaban sus lugares y en la pantalla se reproducían imágenes de la reunión con Charly por la reedición del disco remasterizado, en el 40 aniversario. “Frecuencia modulada” y “El mendigo en el andén” fueron un derroche de destreza musical de estos dos a los que les han pasado los años, pero no han perdido la creatividad ni el virtuosismo con sus instrumentos. “Yo sé que puedes sacarme”, cantaron a dúo esas "voces hermafroditas" que alguna vez fueron sorpresa y ahora son resistencia.

“Esta canción fue escrita en los años de plomo de nuestro país, en los años duros de la dictadura genocida y usa muy inteligentemente las metáforas del libro de Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas, para hablar de lo que pasaba. En una Argentina y en un mundo que se debate nuevamente entre el odio, las guerras, la desconfianza al diferente, esta canción cobra un nuevo sentido”, señaló Aznar mientras la pantalla mostraba la foto de los cuatro Serú con las bocas tapadas con cinta. “Alicia en el país”. Qué decir. Se pueden escribir libros enteros sobre esta obra. Conmovedora, desbordante, pero sobre todo, cautivante en su actualidad. Las imágenes del pasado y la angustia del presente en la voz de Pedro.
“Para todas las mujeres que en este momento están teniendo que atravesar tanta dificultad. Esto es para Carlitos también”, dedicaron “Nos veremos otra vez”: la voz quebrada de David Lebón y la ternura de los versos: “Aunque te abraces a la luna/Aunque te acuestes con el sol/No hay más estrellas que las que dejes brillar/Tendrá el cielo tu color”.
“Cinema Verité” y “Desarma y sangra” fueron presentadas por Aznar: “Vamos a hacer dos canciones que creo –él no necesita demostrar absolutamente nada, por supuesto–, pero que demuestran claramente cuando un compositor tiene pasta y talento y altura de compositor de nivel mundial. Estas dos canciones las escribió Charly y están entre lo mejor de su pluma”. Y un estadio enmudecido asistió al embrujo de la música.
El Serú de Pedro y David es nostálgico, sí, pero también es una celebración. Una celebración de que estas canciones existan. Hay un gesto de gratitud y también de dicha. El público que va a verlo es un público de personas que, en su amplia mayoría, en 1978 habían nacido. Muchos de los que asistieron el viernes quizás no llegaron a vivir al Serú original porque eran muy chicos, pero lo oyeron en las panzas de sus mamás, de la mano de sus papás, en la casa de sus tíos, algunos quizás fueron a la reunión del 92. Pero para todos, Serú forma parte de su educación sentimental, un inconsciente colectivo que, en un punto, es atemporal. Serú Girán por Lebón y Aznar no es un concierto para que las nuevas generaciones conozcan nada: está hecho para que gente de cierta edad pueda ponerse en contacto con esa fibra desdibujada en la vorágine de la vida. Si no lo pueden hacer ellos, ¿entonces, quién?
Para “Viernes 3AM” se repartieron las estrofas y la conversación que se entabló entre la voz de David y el bajo de Pedro, cuando no cantaba, fue como ver una discusión de dos personas que se quieren tanto. “Encuentro con el diablo” sonó mega funkeada, mientras las visuales mostraban imágenes del River del 92.

“¡Yo de acá no me voy!”, exclamó un Lebón visiblemente emocionado, intercalado entre los versos de “Mundo agradable” mientras el estadio se transformaba en una noche diáfana, estrellada de flashes de celulares. Y entonces invitaron a subir a Juanito Moro, que tomó el lugar de su padre para “Cuánto tiempo más llevará” y el momento más rocker de la noche con “No llores por mí, Argentina”, quizás el punto en el que la ausencia de García se sintió más presente, porque faltó algo de eso que él traía consigo y su abismo: lo visceral, desprolijo, desbordado, fuera del guion,
Después de los “Oh-ohohohoh” de rigor, los bises se encendieron con “Peperina”, ese tema que le dedicó Charly a una periodista porque no le gustaban las notas que ella escribía sobre él. La banda amagó a irse nuevamente. Pero faltaba “Seminare”.
Empezó cantando Lebón, pero inmediatamente se volvió una voz que fue un coro de más de diez mil personas. Esa canción la cantaron todos. La cantamos todos. “Porque estamos en la calle/De la sensación/Muy lejos del sol/Que quema de amor”. Y cayó el telón tras dos horas de viaje en el tiempo, un tiempo que no fue hermoso, porque el país atravesaba la dictadura más cruel y sanguinaria que conoció, pero un tiempo en que fue posible encontrar, en un puñado de canciones, el refugio para atravesarlo y, por unos minutos, ser libres de verdad.
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