Un brindis por los creadores del rocanrol
El músico celebró las tres décadas de A un millón de años blues, con un recital de casi dos horas en el que recorrió un repertorio de todas sus épocas: un homenaje a los pioneros y a la propia historia.
Escrito por María Zentner
Escrito por María Zentner


El mayor desafío del artista es producir una obra que sobreviva al paso del tiempo. Hay un ansia de inmortalidad del propio autor encubierta en ese anhelo. Porque ahí, en la obra, está la persona –sus ideas, sus recuerdos, sus angustias, sus fantasías– impresa en esa cápsula que condensa el costado que elige resaltar y que quede a la vista.
Esa posibilidad de la obra de trascender en el tiempo implica cierta elasticidad. La habilidad para arrojar hipótesis diferentes a las originales, o incluso el poder ser observada desde otro ángulo. La misma canción cantada por la misma persona treinta años después seguramente no diga lo mismo. El secreto para la permanencia es que conserve algo del interés inicial a la vez que muta, se agita, se repliega y se ramifica en cada nueva interpretación.
El rock argentino nació como la iniciativa de un grupo de pibes que no sabían que estaban sentando las bases de algo que se iba a convertir en una de las expresiones musicales más populares del país. Un movimiento, un estilo que fue incorporando géneros y volviéndose cada vez más amplio, inabarcable. En ese devenir, la negación de lo inmediatamente anterior funcionó como impulso hacia adelante: un desarrollo dialéctico, en el que cada presente contenía la semilla de lo que vendría. Propulsión que comprendía (¿comprende?) un importante componente de irreverencia para con aquellos que fueron abriendo esos portales.
Quizás por no sentirse a gusto con el tipo de irreverencias que le proponían los músicos de su generación, a mediados de los años noventa Carca decidió emprender un camino alternativo. Uno que reivindicaba a los pioneros del rock de acá al mismo tiempo que expandía esos sonidos del pasado a partir de la incorporación de elementos del presente, con el objetivo de encontrar en esa alquimia algo de futuro.

En 1996, cuando editó A un millón de años blues, Carca no tenía la idea de crear un clásico. Más bien, todo lo contrario: ese registro en un living, rodeado de amigos y signado por los humores de una máquina de grabación a cinta abierta de cuatro canales, fue más la expresión de una urgencia creativa que una producción planificada. El resultado fue una pieza de una singularidad que todavía hoy resuena con vida propia y con una actualidad pasmosa. Una síntesis de blues clásico y exploración sónica que escapa a etiquetas y clasificaciones. El viernes pasado, en La Trastienda, el músico celebró las tres décadas de este álbum y confirmó, en vivo, que conserva intacta su atemporalidad.
Un homenaje que, a la vez, fue una declaración de intenciones y la hoja de ruta de lo que vendría: el show comenzó con un fragmento de “Ritmo y blues con armónica”, de Vox Dei. Escoltado por Dizzy Espeche en bajo y Sebastián Peyceré en batería, y con la potencia del surf rock de “Príncipe oscuro”, Carca avanzó sobre los primeros tracks del disco en orden. Así fue liberando, tema a tema, a esos personajes que componen la afiebrada mitología del álbum: una mezcla de lo terrenal con lo divino y lo demoníaco que da cuenta de las cavilaciones de un hombre atravesado por una espiritualidad psicodélica y llena de recovecos, suspendido en ese aire espeso que recorta y se abre paso con cada punteo de la guitarra.
“Suelo encontrarme distanciado del mundo/Prefiero vivir profundos sueños/Quizás lo que me marea sea el cambio de era/¿Es que nadie se entera que esto es el infierno?”, preguntó Carca desde “Quiméricos monstruos”, mientras se retorcía en movimientos chamánicos y el entorno sonoro se volvía selvático, pero de una selva alojada en otra dimensión. En “La aparición”, los sonidos del Korg de Gerardo Farez se elevaron como la consecuencia de pasar de atrás para adelante una música del espacio, y dieron forma a un ambiente de total extrañamiento. Un lugar desconocido, inquietante. La naturaleza acechante de un mundo que no existe. "Hay que experimentar en la vida", sugirió Carca en un guiño, al terminar el tema.
Todo seguía el orden establecido. Terminó “Miss Universo”. El público continuó demostrando con muchísimo entusiasmo el afecto que siente por el artista. Carca tiene un vínculo especialísimo con las personas que lo escuchan y lo van a ver desde hace tantos años. Es un personaje que irradia autenticidad y despierta un cariño tan genuino: esa hosquedad, esa franqueza… Se le nota cuando está con pocas pulgas y se le nota la alegría, también, cuando lo desborda. Hay una cosa pura, casi de niño, una transparencia en sus modos, que es lo que finalmente queda impregnado en sus canciones. Canciones que articulan sin conflicto a Manal, Spinetta, Melero, Edelmiro Molinari, Babasónicos, The Jon Spencer Blues Explosion e investigaciones con músicas tradicionales de tribus africanas, en una combinación única que cristalizó en esa excepcionalidad que (no) lo define.

Fue entonces que la línea temporal de A un millón… se rompió para abrir la compuerta a otras épocas. “Campanas del infierno hablan por mi voz/Me abraza la libertad/Lo que arrasa la estupidez (¡de Milei!)/Qué a salvo me siento/Brindo por el creador del rocanrol”: la coyuntura incrustada en una canción de 2003 que es una oda a esa música que siempre siempre siempre funciona como refugio. Mención especial para la extraordinaria coda, con una batalla de virtuosismos entre la guitarra de Carca y la armónica de Ximena Monzón. A continuación sonó “Exultante”, tema que da título al último disco del músico, editado el año pasado. El recorrido por el repertorio siguió con una inmersión en los efluvios lisérgicos de “Visiones del campo” y “Todas tus vidas”, con el frontman canalizando a través de las seis cuerdas algo que es imposible decir con palabras.
Fue inevitable pensar en Pappo con la inflexión de la voz grave gravísima y los versos “Todo es imposible/Hasta que se hace posible comprenderlo” de “Los pueblos de Pedro”. Pero la evocación duró poco porque enseguida la atmósfera se volvió fantasmal con las notas en suspenso del theremin en “Nubes negras”. El blues deforme de “Jugo de hermana mayor” chorreó viscoso mientras desparramaba toda su onda sobre el escenario y más allá. “Un lentito para chapar”, anunció Carca antes de empezar “Mesías del encantamiento”, para desembocar en el funk podrido de “Usina de poder” y, finalmente, “Qué preciosura esta locura” y su boogie juguetón.
Llegados a este punto, estaba claro que el aniversario fue una excusa para re-contextualizar el disco, pero haberlo interpretado entero y en orden habría significado ser infiel a su naturaleza. A un millón de años blues fue creado como una obra en movimiento, con el impulso de esa emergencia, sin vocación de perfección, más bien de reacción. Un álbum que se inspiró en el pasado para proyectarse al futuro. Un futuro que, bueno: ya llegó. En ese sentido, la lista de temas de todas las épocas le dio más espesor a ese tiempo transcurrido. No hablamos ya de un hito. Hablamos de una trayectoria con una mirada siempre puesta más allá. La celebración tuvo más que ver con eso que con cualquier otra cosa: explotar al máximo la posibilidad que brinda la música en vivo de habitar todos esos pasados sin nostalgia, agregándoles siempre algo de presente.

“Insolentes, elegantes, divertidos/no nos importa/jóvenes, indecentes, ilegales/no nos importa”, se pavoneó Carca en esa rareza tan suya que reivindica en “Qué suerte ser diferente”, el momento más hendrixiano de la noche, guitarra en la espalda incluida. “Voy a irme de excursión hasta la muerte”, cantó en “Vacaciones” y entre el público corrió un frío helado al oír esa línea casi dos años después de que el músico hubiera pasado cinco minutos literalmente muerto, mientras se encontraba internado a la espera de un trasplante de corazón. Pero el chucho pasó rápido porque la guitarra y la armónica se trenzaron en un blues rabioso que trasladó irremediablemente la acción al Delta del Mississippi, al mismísimo cruce de caminos en el que Robert Johnson hizo el pacto con el diablo.
“El futuro se hace presente y se vuelve pasado siempre/No sucedas junto al tiempo/Es mejor estar exento de su maldición”. Carca eligió para cerrar el show el mismo tema que cierra el disco, y esos versos de “Camino a la horca” se sintieron, tres décadas después de ser escritos, con la misma potencia, ominosidad y sorpresa. Con esa oscuridad que, con el paso de los años, fue adquiriendo el aplomo y el brillo de las obras que, sin la necesidad de ser estridentes ni rimbombantes, trascienden su momento y, en cada nueva capa de sentido que adquieren sin habérselo propuesto, se resignifican.


