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Juana Aguirre en el Teatro Coliseo

Coplera del cosmos

En una nueva etapa de su gira Los Pilares Tour, de presentación del disco Anónimo, la artista ofreció un recorrido por el universo extraño y solitario que da forma a una obra atípica y tan personal, en un concierto impactante por su intimidad y su expansión.

Escrito por María Zentner

Foto: Delfina Pignatello


La luz de la sala es azulina, como la de la luna cuando está llena y hace sombra. Los sonidos que se oyen desde el fondo del escenario son los de una realidad alejada que se acerca con timidez desde un no lugar, como midiendo contando acechando. Una nota queda suspendida mientras la luz sobre la platea sigue bajando muy de a poquito hasta desaparecer del todo. Entonces, se abre el telón y la oscuridad se interrumpe con un foquito de luz cálida que alcanza solamente a iluminar el rostro de esa mujer ensimismada que se inclina sobre su set y mueve las perillas en una penumbra lechosa, casi uterina. Los sonidos que aparecen ahora son difíciles de identificar porque resuenan a tantas cosas al mismo tiempo: el gorjeo de unas aves o la estática de una radio que no logra sintonizar un dial. Así, como en puntitas de pie, empieza "Configuraciones onduladas". “Vi crecer tu bosque/posible lo imposible/Voy a entrar”, canta Juana Aguirre en un arrorró que llega y se va en un eco.  

En la película que Pixar estrenó en 2008, Wall-E es un robot programado para limpiar, que recorre el planeta –devastado y deshabitado circa año 2700– juntando y comprimiendo basura. El pequeño Wall-E, con esos ojos enormes y la expresión dulce, algo melancólica, siempre esperanzada, anda por acá y por allá construyendo y ordenando bloquecitos de desechos. Ya no quedan más como él, ¡ya no queda más de nada en la Tierra! En sus paseos aprovecha para nutrir su colección de objetos que le llaman la atención, vestigios de algo que desconoce, que se terminó hace cientos de años. Un mundo que sólo puede imaginar (y en esa imaginación, re-crear) a partir de esas huellas del pasado con las que se va topando: un corpiño viejo, un estuche de terciopelo azul con un anillo en su interior, una paleta pelota de esas para jugar en soledad, una conservadora de picnic, y su tesoro más preciado: el brotecito de una planta que logró crecer entre los escombros de una civilización.

La música de Juana Aguirre pareciera venir de un lugar tan vasto y solitario como el planeta de Wall-E. Al escuchar sus discos, el impulso es imaginarla como la última música en la Tierra, recorriendo esas planicies asoladas, encontrando sonidos a veces escondidos, otras al alcance de la mano, investigando su forma, viendo cómo funcionan separados de sus orígenes, vueltos a contextualizar en esa obra tan personal y a la vez expansiva que construyó explotando al máximo su habilidad de cazadora/recolectora de sonoridades, creadora de una arqueología de un lugar que no existe, pero un no existir que en realidad es todo potencial. 

Foto: Delfina Pignatello

Juana Aguirre es una artista de una curiosidad implacable, que encontró el modo de musicalizar el vacío, crear algo donde no había nada a partir de fragmentos, ruiditos, texturas, intensidades. Dueña de una voz que puede ser la más tierna y la más avasallante, y de una estética original en la que conviven los espíritus ermitaños y a la vez inspiradores de algo colectivo de Leda Valladares y Juana Molina. 

La excusa del show del martes en el Coliseo era la presentación de Anónimo, su segundo disco solista, editado el año pasado: una colección de canciones que son un viaje por estados de ánimo muy específicos, y una invitación a espiar desde un lugar apartado y seguro esa obsesión que tiene por encontrar siempre nuevas utilidades a sonidos que son recuerdos de imágenes, registro de algo que ocurrió y que en cada canción revive pero distorsionado, con el signo cambiado. 

Como el plic plic de gotas cayendo sobre un lago helado. O, quizás, el tono de un teléfono viejo que da ocupado, Juana cantó “Las mañanas”, esa copla extraterrestre, mientras se iban sumando capas y más capas para dar cuenta de una textura mullida que de todos modos conservaba cierto peligro. Enseguida se sumó un sonido que podía ser la bocina de un barco o el grito de un elefante. La música fue ocupando la sala como las luces en esa penumbra ligeramente alumbrada, iluminada por cinco pequeños focos incandescentes que se encendían y se apagaban con los vaivenes de la música. “Violeta” arrancó con ella sola y su guitarra criolla y terminó con la banda a pleno (notables: Lucía Meira, Dan Hakim e Ignacio Cruz), mientras Juana se preguntaba “Mientras yo/Me quemo en la hoguera/¿Quién va a avivar mi fuego?”. La intro de "150m_km" fue una plegaria, un llamado, un canto ancestral del futuro, un permiso para habitar esos extremos entre los que Aguirre pendula porque su objetivo, evidentemente, es crear un tiempo alternativo. “Duérmete en mis manos, iremos a un lugar extraño/En la orilla un animal y en la lengua tu nombre”, se la oyó decir en “Automático”, con esa oscuridad tan profunda y palpable.

El suspenso dramático de “Un nombre propio” se rompió por unos minutos de improvisación casi freejazzística. “Volvieron” sonó con urgencia piazzolliana y una puesta de luces que a esta altura no puede decirse otra cosa más que fue la traducción perfecta del entramado de sonidos y texturas musicales. “Compañero del fracaso/Ya no hay prisa, no hay retraso/Deja que caiga el muro”, se oyó, potente, la voz en el medio de ese bosque de ruidos que son arte.

Foto: Delfina Pignatello

Subió el telón que cubría el fondo del escenario y el efecto fue como si el espacio se volviera de dos dimensiones: sobre un rojo pleno se recortaron, negras negrísimas, las siluetas de los cuatro músicos y sus instrumentos, como si verdaderamente se tratara de estampas. “Tormenta” arrasó como un viento inesperado. Una base de trip hop 4.0 abrió una escotilla hacia esa vulnerabilidad tan grande de “Las ramas”: “Quiero cambiar de nombre/Pero ahora es muy tarde/Voy a volverme invisible”, y la voz, ¡la interpretación! dejó a todo el teatro en el borde de ese abismo tan cruel y despiadado que puede ser la cabeza de una.

Pero la calma sobrevino a la tormenta y “Fuego” apareció con un latido que fue un renacer, para dejar todo encendido con “Las espinas”: ese malambo intergaláctico en el que se cruzan conversaciones robadas con sonidos que parecen venidos directamente del centro de la Tierra, y un final para el que, lamentablemente, las palabras no son suficientes. 

Y entonces llegó “La noche” con el peso y ese hastío vibrante que condensan los versos “Tengo la ilusión de guardarte/Junto a mi colección de olvidos”. Las palabras se fundieron con las metrallas, el beat casi sincopado y los llantos de ballenas, y ese mundo fantástico y un poco apocalíptico en el que se mueve con tanta soltura Juana Aguirre empezó a borronearse, al mismo tiempo que se dibujaba el contorno del fin de un concierto que fue lo más parecido a una revelación acerca de cómo será (¿cómo es?) la música que sobreviva a la raza humana.