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Broke Carrey en Niceto

Serenata para la tierra de uno

Con entradas agotadas, acompañado por una banda ajustadísima y con la participación de Dillom, Trouve Feraud y Cocó Orozco como invitados, Carrito presentó Hijo del país en un show de dos horas que intercaló canciones de todo su repertorio, en clave folclórica.

Escrito por María Zentner

Foto: Ignacio Chinchilla

El escenario queda vacío. En el centro, iluminados por una luz blanca, un tecladito y un mic en sus respectivos pies. El aire se ve grisáceo, esmerilado de humo. El haz de luz ataca desde el fondo como un manguerazo de agua sucia. Sola en esa escena, la figura de Broke Carrey aparece casi espectral:

“Disculpe si no entiende lo que canto
Tal vez hablamos lenguas diferentes
Usted reniega siempre de estos pagos, y yo
Y yo quiero y admiro a nuestra gente

Usted siempre derrocha madrugadas
Hablando de los cielos de otras tierras
En cambio, yo comienzo mi jornada
Contento de estar bajo estas estrellas”

La voz autotuneada pareciera venir de otro lado, ¡de otro show!, pero sin embargo está ahí. Los chicos y chicas que agotaron las entradas para Niceto el sábado pasado también agotan sus gargantas para cantar estos versos de Hugo Ferrari, popularizados por Hernán Figueroa Reyes. Promedia el recital y esta digresión es el pico de intimidad de la presentación de Hijo del país. Íntimo y central, porque esos versos condensan quizás la mayor preocupación del músico. Y no es una preocupación de hoy ni de este disco solamente. Es algo que venía sobrevolando desde antes: “Estás en tu país, ¿por qué hablas como turista?”, arrojaba como un reto en “Distinto” (2024), y “Yo no soy de todas partes/No van a poder colonizarme”, en “TRADICIÓN” (2025).

Foto: Ignacio Chinchilla

“Disculpe si no me entiende/Disculpe si no lo entiendo/Usted habla por boca de otra gente/Y yo soy solo el eco de mi pueblo”, termina el tema. Y el público se abraza en un solo grito: ¡Argentina, Argentina, Argentina!

El Mundial, el trapo de Malvinas. Vivimos tiempos de una argentinidad exacerbada. Pero hay algo más en este momento que atravesamos. La sensación de que el tiempo, las cosas, la vida, el mundo se escapan sin que podamos hacer nada. Quizás para las personas de cierta edad es menos agobiante porque los años vienen con una especie de aplomo rayano con la resignación. Pero para las generaciones más jóvenes resulta desesperante. Y eso queda plasmado en la producción de los artistas de la última década: chicos y chicas (ya hombres y mujeres porque, sí: el tiempo pasa volando) que ofrecen una obra que no es otra cosa más que el registro de esta existencia acelerada.

Broke Carrey no es la excepción: dos discos y un EP en tres años, y una dinámica de volantazo y redirección tan marcada en cada uno que da cuenta de una búsqueda de identidad en la era de rapidez. El primer álbum, Buenos Aires Motel (2023), es un experimento epocal con los ritmos que alguien decidió englobar bajo la etiqueta viscosa de urbanos: trap, rap, reggaetón, dembow. El EP Río de la Plata (2024) es una suite de tres temas violentos y corrosivos, la expiación de esa frustración generacional frente a una realidad política y social expulsiva. Finalmente, Hijo del país, editado en marzo de este año, toma esa retórica gris metálica, la moldea y la devuelve de colores ocres y con la calidez del sol de invierno cuando se pone tras las montañas, en forma de chacareras, zambas y tonadas con tracción a sangre y la irreverencia que aparece después de dos o tres vasitos de vino.

Foto: Ignacio Chinchilla

Hijo del país es un disco inspirado en las músicas de raíz folclórica argentinas. Un álbum con el que este músico de 29 años intentó ir por el lado de aquello que nos une, más que lo que nos separa. La hipótesis central que atraviesa las trece canciones que lo componen es ésa: acá hablamos este idioma, somos esto, lo amamos, intentemos encontrarnos en eso que tenemos en común. Una historia, una lengua, una tradición, una cultura. “Yo sólo soy el eco de mi pueblo”, canta Carrito. Y sí: ¡Argentina, Argentina!

El show de Niceto no fue solamente la presentación del disco, fue también la puesta a prueba del modo en que ese repertorio de inspiraciones tan… disímiles podía articularse. “nuestro” (primer track de HDP que en realidad es una breve obertura) sonó al comienzo, casi como una llamada. La oscuridad en ritmo de 6x8 de “RENACIMIENTO” hizo tándem con “X LAS DUDAS”, de BAM y terminó de explotar con “NMQN”: tres chacareras contemporáneas, que sonaron tan orgánicas como arrolladoras en el acompañamiento de la banda, comandada por elmalamía y Luis Lamadrid, que fue el gran prodigio de la noche. Mención aparte para el carisma de Manuel Peña (así figura Carrey en su DNI), que se desenvuelve con una mezcla de frescura, ternura y enjundia envidiables.

Después de “ZUPAY”, junto al dúo Trouve Feraud (Facundo Trouve ¡esa voz de barítono, por favor! y Ulises Feraud) y sus aires de invocación demoníaca, bajó ligeramente la intensidad para hablar de otro demonio: la guita. “Señales de humo” se desplegó con sus efluvios de jazz/bossa y un final a capella porque por un minuto se cortó la luz de la sala, para aterrizar suavemente en “formato vertical”, esa balada prístina en la que el músico se confiesa, con poesía y preocupación, a propósito de los trastornos, la adicción y la soledad que provoca vivir la vida a través de la pantalla del celular.

Foto: Ignacio Chinchilla

“Con perdón de las damas: me cago en Milei y su hermana”, revoleó como una boleadora para tomar desde la mitad “Montonero”, que se juntó con “LEONES”, el core temático del disco, otra chacarera-rap de versos gritados y el sonido de la respiración agitada sobre el micrófono como un instrumento más. “Si alguna vez besaste el suelo, somos hermanos/Si alguna vez besaste el cielo, somos hermanos”. Las cuerdas atraviesan la canción como estocadas y el sonido del bombo es el hilo conductor de ese latir juntos. Hijo del país trae consigo otra declaración: lo primero fue el ritmo, así nació la música, del latido del corazón y de la tierra; el ritmo es eso que tenemos todos. Nadie se salva de ese instrumento que tiene en el pecho.

La zamba “paso de hombre” le bajó las rpm al asunto, mientras Broke se devanaba en pensamientos existenciales sin perder nunca la esperanza: “Llegaré a algún lugar donde la verdad se esconde/No importa cuando, el alma va a paso de hombre”. “mi mejor momento”, en un 3x4 que es casi un valsecito y su coda con “Me voy”, de Julieta Venegas, dio paso a “Desconocidos”, la bachata que compartió con elmalamía, quizás el único momento algo desangelado del show, aunque la inclusión del tema haya sido pertinente en este bloque más remolón que cerró, tras la ominosidad de “2018”, con la tonada cuyana “monumento”, y la participación del mendocino Cocó Orozco en guitarra criolla.

Llegados a este punto, el lector o la lectora habrá advertido que esa insistencia de Carrito (no es un exceso de familiaridad con el artista: es su apelativo oficial) por encontrar un lugar de reunión más que de expulsión se aglutina en un tipo de música que se escucha, se baila, se toca, se disfruta con más gente. Esa sensación colectiva que trae el folclore consigo que, en sus propias palabras, nace del encuentro con el otro: en las peñas, las guitarreadas, en el patio de una casa después de un asado, ese sentir musical que sólo existe cuando se comparte. La construcción de una comunidad en la que todos son hijos del país, y eso es lo que se festeja.

Entonces comenzó el fin y Niceto se transformó por unos minutos en una tarde de mediados de agosto en La Banda, en la Fiesta de la Abuela Carabajal: esa celebración anual de la música santiagueña. El show se empezó a despedir con “El aplauso”, una chacareraza que describe la deriva del artista y sus contradicciones: “Porque esta es la vida que quiero, por más que me mate por dentro/Yo quiero el teatro lleno, quiero todos los teatros llenos/Ayer desafinaba, pero hoy me pagan para cantar/El cuerpo me dice basta, pero el aplauso me pide más”, repitió mientras recorría el escenario de un lado al otro como un poseso. Para “MIGUELITO”, ese gato picarón que retrata el devenir del trepador de pueblo que llega a presidente, Manuel se sacó la remera oscura que tenía y dejó a la vista otra, blanca, con la cara de Adorni dibujada.

Foto: Ignacio Chinchilla

Dillom apareció para rapear a dúo “Perdón”, dedicada a Daniel Melingo, que incluyó al comienzo unas barras de “Mentiras piadosas”, de Por cesárea. “CARRITO” dejó el escenario en estado de trap para el medley BAM en el que la banda se lució con arreglos que bañaron de bossa y hasta jazz la seguidilla reggaetonera “Memento”-”Full Time”-”0800”. “La última vez que voy a tocar este tema de mierda, dale”, amenazó antes de pasar a ”Organiko”.

Al final apareció otra vez esa disputa por esa argentinidad que se desdibuja en productos con proyección internacional: “No quiero un Grammy, eso no me cambia/¿Qué tan argentinos son estos rapero' grabando sus tema' en Disneylandia?”, se preguntó Broke Carrey desde 2023 en “La última”, con ese riffito de sintetizador cumbiero que taladraba el cerebro al tiempo que la fiesta explotaba, el escenario se teñía de una bola de colores por primera vez en la noche y la chicharra disparada desde la consola sonaba como un agregado más irónico que musical.

Igual la fiesta no terminó en ese estado de sarcasmo. Hubo una canción más. Una que reconcilia. Porque en definitiva eso es lo que se propuso Carrito con este disco. “Voy a salir a buscar lo que quedó de mi sombra/Para sacarla a bailar, que ni ella me reconozca/Voy a salir a buscar a los que lloraron conmigo/Nos vamos a emborrachar por las piedras del camino”, cantó y bailó en “Las piedras”, y todos los ocres, rojos, naranjas y violetas del altiplano se hicieron visibles en este carnavalito, mientras comenzaba a sonar otra vez “nuestro”, ahora como coda. Un eco de la montaña, una invocación, una copla que queda flotando, unos puntos suspensivos: “Esperamos tanto que llegue el momento, ahora es nuestro, ahora es nuestro”.